Don Amado no habló de competitividad ni de reformas estructurales. Habló de ausencia.
“Mis hijos crecieron y yo no estuve. Salía de noche y regresaba de noche; solo los veía dormidos”.
Su jornada formal es de 48 horas semanales. Pero su tiempo real dedicado al trabajo —considerando traslados desde la periferia— rebasa con facilidad las 60 horas. A sus más de 60 años padece fatiga crónica y dolores musculares. Su testimonio, presentado en los foros de Parlamento Abierto, no fue excepcional: fue representativo.
Ese relato aterriza la discusión que el Senado retoma este febrero: la reducción gradual de la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales, sin disminución salarial y con una transición escalonada hasta 2030.
La iniciativa —que forma parte de los compromisos laborales del Ejecutivo federal— no plantea una reducción inmediata, sino un esquema gradual que iniciaría en 2027 y concluiría en 2030.
Sin reducción salarial...
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